Tras una hora de espera en Longsheng, subimos al bus que nos llevará, en hora y media, a Ping’An.
El trayecto es precioso. Vemos las primeras “terrazas” donde cultivan el arroz. Algunas están abandonadas, pero aún conservan la forma que originariamente tenían.
Poco antes de llegar a Jinzhu, el primer poblado de etnia Zhuang, el bus se para en un “peaje”, donde pagamos una tasa para entrar en la zona correspondiente a las Terrazas de Arroz de Longhi.
Para llegar hasta el núcleo del pueblo es necesario subir, mayormente por escaleras irregulares, durante unos 20 minutos.
No tenemos alojamiento confirmado y, en el mismo aparcamiento, una mujer de la etnia Zhuang nos ofrece su casa: tiene una habitación libre. Aceptamos para vivir esta experiencia y evitar los turistas occidentales del hotel donde teníamos previsto ir.
Una vez instalados vamos a inspeccionar los alrededores: las famosas terrazas de arroz que encontramos semi-abandonadas, -la gente del pueblo prefiere trabajar en la hostelería y en las tiendas de souvenirs-.
El pueblo, en la ladera de la montaña, está conformado por casas de madera, algunas apuntaladas por troncos y “calles” de un metro y medio de ancho. Lo encontramos desordenado, acometidas de agua al aire y ciertamente sucio: los materiales van a parar a la misma montaña. En su día fue bonito, ahora, con la presión del turismo, están habilitando casas como hoteles y el entorno paisajístico ya no es lo que fue.
Al regresar a la casa -una casa Zhuang es, además de las habitaciones, una estancia diáfana, donde una parte es salón y la otra cocina de carbón en el suelo- donde nos alojamos, ya cenados, la señora nos invita a cenar: arroz blanco y unas verduras con la caña de alguna planta, en salsa. Mi compañero no quiere comer más. La señora y yo sentadas en un taburete, a un palmo del suelo, nos disponemos a comer, palillos en mano, esas delicias. Al final resultó que estaba apetitoso.
Día 20.- La jornada la dedicamos para ir a Zhongliu, un poblado perdido en la montaña, de etnia Yao: las mujeres tienen el pelo larguísimo, no se lo cortan nunca y lo llevan enrollado en la cabeza y oculto bajo un sombrero.
Seguimos un camino, que nos lleva hasta el viewpoint-1, desde donde se divisan los alrededores. Se puede ir hasta el wiewpoint-2, pero preferimos salir de allí e irnos a Zhongliu.
En el viewpoint-1 nos abordan tres mujeres Yao. A cambio de dinero ellas se sueltan el pelo para que se les hagan fotografías. Me acuerdo de la mujer que ayer subió los 20 Kg. de la maleta por poco dinero y me indigno sólo de pensar en pagar por hacerles unas fotos.
Nos metemos en el sendero que va a Zhongliu y ellas, tras nuestro, insistiendo en lo mismo. Mis malas caras no les afectan. Les digo que se marchen y ellas a lo suyo. No nos queda otra que aguantar un trayecto de dos horas con ellas detrás hablando como cotorras. En un entorno tan espectacular, con la posibilidad de “oír” el silencio tenemos que aguantar el machaqueo de ellas.
Vamos encontrando terrazas y terrazas de arroz constantemente, de diferentes formas, creadas a lo largo de siglos y que, ahí sí, están cultivadas. Desgraciadamente ya han recogido la cosecha y no las vemos en todo su esplendor, pero sí una arquitectura de la tierra que nos asombra a cada paso que damos.
Llegando a Zhongliu empieza a llover por lo que nos cobijamos bajo un sombrajo hasta que amaine. Aquí decidimos regresar a Ping’An y, cuando se enteran estas mujeres, nos piden que les compremos alguna cosa o que les demos dinero porque nos han guiado. Mi compañero les dice que él ha sido el que iba delante. Les habla en inglés y ellas a nosotros en chino por lo que nos entendemos muy bien. Ven que nos marchamos y, con gestos, me piden que les devuelva el palo que, a modo de bastón, me dieron. Lo hago con cara de enojada y allí se quedan.
El regreso, solos, es diferente. La lluvia ha dejado los campos y montañas con un verdor diferente, más intenso y el silencio que ahora nos acompaña hacen de esta experiencia algo que recomendamos vivamente.
Día 21.- Ayer decidimos acortar, en un día, la estancia en Ping’An para dedicarlo a Chengyang: habíamos visto fotos del Puente del Viento y la Lluvia y del pueblo, cuando preparábamos el viaje y no nos lo queremos perder.
A las nueve de la mañana subimos a un bus que, después de dos horas, nos deja en Sanjiang. Vamos acompañados de Daniel.
Anteayer, en el bus de Guilin a Longsheng, nos fijamos que viajaba un occidental. Nos saludamos con la mano, pero no hablamos. Al llegar a Longsheng bajó del bus y desapareció para reaparecer en el que nos llevaría a Ping’An. Allí lo vimos un par de veces más. Y, justo, hoy lo volvemos a encontrar en el bus a Sanjiang.
Sentado en el asiento contiguo entabla conversación con mi compañero, quien le explica nuestro viaje a la vez que se interesa por el suyo.
Daniel es un londinense que desde hace tres años vive en Beijing. Se defiende bastante bien con el chino. Ahora trabaja para la Lonely Planet como redactor de la guía de China. Está viajando por el sur para preparar la edición de la guía que saldrá en mayo del 2009.
Su próximo destino es Chengyang pero, hoy, se quedará en Sanjiang para explorar qué cosas interesantes pueda haber.
Al cabo de dos horas, el bus llega a Sanjiang. Daniel pregunta a los chinos, averigua donde está la estación de los buses que van a Chengyang y nos acompaña hasta ella. En media hora llegamos a nuestro destino. Al bajar del bus nos aborda un hombre uniformado para que paguemos la tasa turística y, a continuación, una mujer que nos ofrece alojamiento.
Estamos alojados en un pequeño hotel: Chengyang Bridge National Hostel, junto al río Linxi. Desde el balcón de la habitación, que cae sobre el río, vemos en la orilla de enfrente el rodar de una noria de madera así como la magnificencia del verdor de los campos de arroz, anegados de agua y, a nuestra izquierda el famoso Puente del Viento y la Lluvia (Wind and Rain Bridge); todo ello envuelto por montañas. Largo rato contemplamos, embobados, la postal que tenemos delante.
Estamos en la carretera sacando fotos cuando Daniel se apea de un bus: Sanjiang no tiene nada que valga la pena, nos dice. Le señalamos donde nos alojamos y, cuando ve el entorno donde está situado, no duda ni un momento en alojarse allí también.
Chengyang es un distrito consistente en ocho pueblitos perteneciendo sus habitantes a la etnia Dong.
Paseamos por este encantador y relajante pueblo, nos metemos por entre los campos de arroz y vemos más norias en funcionamiento a lo largo del río. Y, por descontado, siempre que levantamos la mirada encontramos el majestuoso puente. No nos creemos que exista un lugar tan bonito. Ante esto nos asaltan las dudas ya que mañana tenemos previsto irnos de aquí.
Nuestro próximo destino será el famoso Yangshuo por lo que le preguntamos a Daniel si nos recomienda quitar un día a Yangshuo y permanecer aquí o qué haría él. Nos sugiere, aunque no con rotundidad, que sigamos con lo que tenemos previsto.
Posteriormente, por lo que vimos en Yangshuo, nos hemos arrepentido enormemente de no haber estado uno o dos días más en Chengyang. Hubiéramos hecho excursiones por los pueblitos de alrededor, solos, sin turistas, visitando los cultivos de arroz y los campesinos, en ellos, trabajando. Y todo ello envuelto por montañas bucólicas.
Nos comentan, en el hostel, que a las tres de la tarde hay un festival autóctono por lo que a esa hora estamos en el lugar de la celebración.
En una explanada asistimos a un festival de danzas tradicionales; vemos los trajes y ornamentaciones típicas y los instrumentos de viento hechos con caña de bambú. También vemos a un corro de turistas occidentales: el espectáculo está preparado para ellos.
El Puente del Viento y de la Lluvia fue construido en 1916, tiene 64, 4 metros de largo y 3,4 metros de alto. Construcción de madera y piedra, la superficie del puente está pavimentada con tablones y el tejado es a dos aguas.
Para nuestro asombro, no se ha usado ningún tipo de clavo, en su lugar, los Dong usaron elementos de madera hechos a mano.





























1 comentario:
Ojala algun día pueda viajar y conocer un lugar de estas caracterísitcas, una cultura tan distinta.... se ve increible todo
Por el momento me conformo con poder pedir delivery de comida chinaaa jajajaj
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