A posteriori le pregunté a la guía si se habían dado casos de gente que no pudo continuar y qué pasó en esos casos. El procedimiento es, depende de cada situación, que ponen a la persona en una camilla y con unas cuerdas la trasladan entre torre y torre. Una vez en una torre, un helicóptero del Ejército la rescata. También nos han contado de otras personas que han debido de ser asistidas por la Cruz Roja.
Escribe mi compañero: En el último momento la guía intenta convencerme, pero sigo y me subo al funicular que, tras 20 minutos, me deja en lo alto de la Muralla. Ahora empieza una cuenta atrás de 4 horas que tengo para recorrer los 10 kilómetros que me separan del lugar de encuentro en Simatai.
La Muralla está en muchos trozos del trayecto destrozada y, obviamente, montada sobre el perfil de la montaña que separa China de Mongolia y que hace de frontera entre ambos países. Este seguir el perfil de la montaña hace que las subidas y bajadas sean constantes y con grandes desniveles. La altura de la Muralla es de más o menos unos 5 metros llegando a más en algunos puntos. Enormes piedras conforman las paredes. Me impresiona encontrarme aquí, pisando una obra que les ha llevado varios siglos en terminar, lejos de toda civilización, y más aún el pensar cómo han podido transportar las enormes piedras con que ha sido construida. ¿Cuántas vidas se habrán quedado por el camino?.
Voy bien, a mi paso ligero, subo y bajo con total naturalidad y con la mochila a la espalda en la que llevo un chubasquero, un zumo y algunas galletas. Creo que no necesito llevar este peso, pero no hay vuelta atrás.
Ya llevo más de una hora y esto parece que no se acaba nunca, la muralla no da tregua, después de una bajada me encuentro con la consiguiente subida que ya empiezo a mirarla y remirarla antes de ir a por ella. El fuerte ritmo del principio decae y ya, de vez en cuando, paro para ver el paisaje; en realidad es para descansar. Cae un aguacero por lo que tengo que ir más despacio ya que en las bajadas es fácil resbalar al no existir, prácticamente, escalones, sólo piedras anárquicamente puestas: lo que queda. La guía mongol dice que ella ya no puede continuar, tiene que volver y quiere que le compre algo de lo que lleva. Acabo comprando un libro de la Gran Muralla con espléndidas fotografías.
Al estar solo, otra mujer mongol toma el relevo. Sigue con la misma cantinela. Harto y cansado que estoy, le doy 5 yuanes y se marcha.
A veces tengo que subir pendientes del 45 por ciento y enormes escalones por lo que tengo que hacer un gran esfuerzo. Noto que mis piernas ya no responden así que paro muy a menudo, cada 10 minutos. Me preocupa no llegar a la hora prevista, sé que tengo que continuar, por lo que en una de las torres por las que paso, me siento media hora a tomar un respiro y energía, con el zumo y las galletas que llevo. Parece que ha funcionado, me encuentro con más fuerza y sigo.
Estoy a una hora de mi destino, e impresionado, a pesar de que el tiempo no me permite abarcar con la vista la verdadera dimensión de la Gran Muralla, por lo que estoy viviendo y por estar allí.
Finalmente llego a un punto donde tengo que dejar la Muralla y cruzar un puente desde donde veo a Mercè. Ya está, lo he conseguido. Pasado el puente, tras unos matorrales arranca una escalera de unos 50-60 grados de pendiente para subir arriba. Imposible. Subo 5 escalones, paro unos minutos y otros 5 escalones más. Ésta es la puntilla. En condiciones normales lo hubiera hecho en 5 minutos, tardo 30 en hacerlo. Me falta de todo: aire y fuerza.
En diferentes puntos de la Gran Muralla venden bebida y algo de comida, por lo que es recomendable no llevar peso. Este trayecto se puede hacer en más tiempo, que las cuatro horas que tenía, por cualquier persona. No es necesario ser un supermán, se hacen más paradas y punto. El tiempo es limitado porque hay que comer y volver a Beijing.
Efectivamente, nos hubiéramos metido en un buen lío si Mercè hubiera decidido hacerlo. Aún estaríamos por allí.
Estoy reventado y la vuelta a Beijing se me hace eterna. FIN de su escrito.
Día 8.- Hoy pasaremos el día en el Palacio de Verano, a 15 kilómetros de Beijing. En la calle Qian Men, cerca de la Plaza Tiananmen, cogemos el bus 808 que nos deja en la puerta del Palacio. En el bus, la cobradora hace levantarse a dos personas para que nos sentemos. Nos negamos a ello pero insisten, unos y otros, con una sonrisa.
La entrada que sacamos nos permite verlo todo, hay la posibilidad de pagar menos, pero el acceso a determinados palacetes es limitado. El sol sigue sin aparecer, no tenemos suerte para hacer fotografías que realcen el entorno.
El nombre genérico de Palacio de Verano abarca un conjunto de palacios, jardines, pabellones, lagos y paseos que sirvieron de lugar de recreo a la corte imperial que huía de los rigores del verano de la Ciudad Prohibida. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.
Antes de entrar, en un chiringuito, nos venden un plano de todo el conjunto. No es necesario para moverse por allí, sólo para saber el nombre y algo de historia de lo que hay.
Lo primero que hacemos es entrar en Suzhou Street, dos calles separadas por un lago navegable y, como en toda China, copadas por tiendas de souvenirs: entorno limpio y bien cuidado. Es lo que más nos ha gustado a la vista de lo que posteriormente hemos visto.
Sin una ruta preconcebida seguimos andando y no encontramos los espléndidos jardines de que tanto hablan: arbustos y setos recortados en algún lugar. Visitamos varios palacetes y pabellones de arquitectura clásica china. Tras subir un sendero con escaleras, ya en la cima divisamos, mejor dicho no divisamos porque no se ve nada, la vista del Palacio abajo y enfrente el lago Kunming por el que navegan barcos que pasean a turistas, chinos principalmente. El turismo chino es una constante en todos los sitios de China en los que hemos estado, multitud.
Antes de salir, paseamos por los alrededores del Palacio hasta que finalmente nos cansamos y cogemos, otra vez, el bus 808 que nos lleva a Beijing.
En fin, lo hemos visto y ya está.
Día 9.- Hoy es nuestro último día en Beijing y lo pasamos en la Plaza Tiananmen y aledaños. La encontramos más animada que otros días, mucha gente, principalmente excursiones de chinos.
Para visitar el Mausoleo de Mao Zedong nos vemos obligados a dejar, previo pago, la mochila en una consigna cerca del Mausoleo ya que no dejan entrar cámara ni ninguna clase de objetos para acceder a él.
Nos ponemos en la cola, sacamos las entradas, pasamos por arcos detectores de metales y entramos para ver a Mao. Los chinos compran, en el exterior, flores que depositan en el vestíbulo de la entrada. Es entrar y salir ya que no dejan pararse, conforme andamos vamos mirando. Lo encontramos postrado, dentro de una urna y tras él un fondo azul celeste, con una hilera de flores frescas multicolor a lo largo de él. La escena es simple, sencilla, pero impresiona.
Nos queda la Ciudad Prohibida. Tras hacer cola entramos hasta un gran patio central. A partir de aquí, para visitar las estancias, es necesario pagar una entrada. Desde el exterior nos imaginamos que será más de lo mismo y no entramos.
Es la hora de comer y no nos queremos marchar de Beijing sin probar el plato típico de la cocina del norte de China: pato laqueado.
Para cocinarlo se utilizan unos patos cebados especialmente y se someten a un complicado proceso de cocción. Una vez sacrificados, se infla con aire entre la piel y la carne y, a continuación agua hirviendo. Se unta la piel con una mezcla de miel, agua y vinagre. El pato se rellena con ajo, anís, jengibre y salsa de soja y se cuelga, boca abajo, toda la noche. Al día siguiente, se vuelve a untar la piel con miel y se asa en un horno especial, durante tres horas. La piel queda tostada uniformemente y cruijiente y, según los chinos, es lo más bueno. Se sirve con una salsa dulzona y oscura, rodajas de puerro y unas tortitas de harina.
El “restaurante” Liqun es donde mejor lo preparan, según dicen, y allí nos vamos. Damos a un taxista la dirección, situado en un hutong, y nos deja a la entrada de una calle estrecha. Nos adentramos en ella y en un recodo lo encontramos. No nos lo creemos: es un antro. En la entrada vemos fotos de personajes famosos: el político norteamericano Al Gore, embajadores, políticos, gente de la realeza, etc. Pasamos al salón de comidas y nos parece increíble que se pueda comer aquí: un lavamanos en la misma sala, con su correspondiente toalla mugrienta; una cámara frigorífica, con cristal frontal, donde vemos los patos, desplumados y colgando. Nos acomodan y pedimos el pato laqueado. Al cabo de un rato llega el cocinero con el pato entero y cocinado. Nos lo enseña y damos la aprobación sin tener ni idea. Se va a un estante, lo descuartiza y nos lo sirve, muy bien presentado, en sendos platos.
En fin, podemos decir que lo hemos probado, pero preferimos la tortilla de patatas.
En la agencia de viajes del hostel contratamos un taxi para que nos lleve mañana al aeropuerto: mañana vamos a Chengdú y salimos a la calle para dar los últimos coletazos por Beijing perdiéndonos, de noche, por callejuelas del hutong donde está nuestro alojamiento.
No hemos tenido problemas con los chinos de Beijing -correctos, pero no excesivamente amigables-; no hemos encontrado la publicidad, que en cualquier ciudad occidental nos estaría, a estas alturas de las Olimpiadas, bombardeando pero sí mucha actividad para cambiarle la cara a la ciudad, cambio que significa la pérdida o dejar a la mínima expresión los barrios tradicionales: los hutongs.
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