Relato del viaje al sur de Marruecos del 20 de abril al 2 de mayo, del 2006.
Día 20.- Llegamos a Marrakech, vía Casablanca y, en el mismo aeropuerto, nos espera el guía con el que habíamos contactado desde Barcelona, y el chófer con el Land Rover que nos va a llevar de ruta por el Atlas y el desierto, durante seis días.
La primera visión de Marrakech me ha sorprendido por la cantidad de jardines y parterres llenos de rosas, preciosas y muy bien cuidadas. Aquí volveremos los últimos días del viaje.
Comemos a la salida de la bulliciosa ciudad y nos dirigimos hacia Beni Mellal, donde dormiremos esta noche, y visitando las Cascadas de Ouzoud y el Embalse de Ben Louidan.
Día 21.- Nos adentramos por las pistas que cruzan el Alto Atlas hasta la ciudad de Imilchil, situada a unos 2.600 m de altura, habitada por la tribu bereber Ait Haddidou. Cada año, entre finales de agosto y septiembre (la fecha suele variar), todas las tribus de los alrededores se reúnen en una gran explanada formalizando los matrimonios que ya han pactado durante el año. El Moussem o fiesta de los novios, una de las fiestas más ancestrales de Marruecos, declarada de Interés Nacional, dura tres días y, a la vez que se celebran los matrimonios y divorcios, se reúnen familiares que están en diferentes zonas y sólo se ven en estas fiestas.
Cerca de Imilchil y separados por pocos kilómetros cada uno, se encuentran los lagos Tislit e Isli, donde comemos a escasos metros de la orilla.
Cuenta la leyenda que, durante una sequía, dos tribus rivales acordaron sacar agua del único pozo disponible a distintas horas del día. En el pozo, una joven -Tislit- se entretuvo más de la cuenta y coincidió con un joven -Isli- de la tribu enemiga.
Al ser imposible su amor, lloraron tanto que formaron los dos lagos que llevan sus nombres: la magia del agua en mitad de la nada.
Continuamos por el Atlas hasta llegar al pueblito de Aghdal, donde pernoctamos en el Auberge Ibrahim.
Día 22.- Salimos temprano, para visitar diferentes pueblos bereberes y grandes oasis, situados en las montañas o en los valles, hasta que llegamos a las impresionantes Gargantas del Todra, con paredes de más de 200 m. de altura.
Durante el trayecto vamos cruzando el río Todra, siguiendo ocasionalmente su lecho, para irnos adentrando al Sahara marroquí y llegar a Erfoud, donde aparecen los primeros grandes palmerales u oasis, como el palmeral de Tinghir. Los habitantes de estos oasis aprovechan el microclima que forma el palmeral, para cultivar verduras, hortalizas y árboles frutales.
Después de un viaje un poco cansado, dejando atrás la carretera asfaltada y adentrándonos por pistas, llegamos a Merzouga y nos alojamos en el Auberge L’Oasis, regentado por los hermanos Oubana, al pie mismo de las dunas del Erg Chebbi.
Día 23.-Visitamos la abandonada mina de carbón de Mifiss. Bajo la haima de un nómada tomamos un excelente té, en pleno desierto. Recorremos diferentes oasis, entre ellos el de Tisserdmine y nos llegamos hasta Khamlia, poblado por negros procedentes de Senegal, cuyos antepasados fueron esclavos. Ellos son los que guardan celosamente la música Gnawa, tocada con instrumentos tradicionales.
Estaba previsto pasar la noche en una haima, con una familia bereber, pero se ha desencadenado una tormenta de arena y hemos regresado al albergue.
Día 24.- Pero ha sido una noche especial. Nos levantamos a las 3:30h y, silenciosamente, salimos al exterior. Cerca del muro, que rodea el albergue, oímos un leve susurro. Enfocamos tímidamente nuestras linternas y ahí está el camellero, vestido con gilaba y cheche de un blanco impoluto, rezando.
Salimos sigilosamente y aguardamos junto a los dos camellos que nos llevarán hasta la Gran Duna, para ver la salida del sol.
Descalzos -en silencio- y sintiendo el frescor de la arena en los pies subimos hasta la cresta de la Gran Duna y esperamos la bellísima salida del sol.
De regreso al albergue, nos zampamos un buen desayuno y otra vez en ruta hacia Rissani. Durante el trayecto visitamos la Kasbah de Tafilalet, pasando por el Valle del Dráa. Al llegar a Rissani, visitamos su mercado semanal. Mercado parecido a todos los de la zona, pero con una curiosidad: hay un recinto que es el “parking” donde aguardan los burros, que han transportado las mercancías, esperando la vuelta a casa de sus dueños.
Atravesamos el Sahara marroquí y grandes palmerales.
Esta noche la pasaremos en Ouarzazate, en un hotel.
Día 25.- Un paseo por la ciudad nos descubre la impresionante Kasbah de Taourirt, en otros tiempos residencia del pachá de Marrakech. Y que no visitamos, nos conformamos con ver el exterior.
A las afueras de Ouarzazate, se encuentran los estudios cinematográficos Atlas y los visitamos, con guía. No os podéis imaginar ver un gran palacio egipcio, flanqueado por enormes columnas y una gran escalinata y todo era de cartón-piedra, así como sus figuras, calles y casas. Estos escenarios sirvieron para filmar “Lawrence de Arabia”, “La joya del Nilo”, “Astérix y Cleopatra”, “Jesús de Nazareth”, entre otras.
Volvemos a enfilarnos al Alto Atlas, que en este momento está nevado del día anterior, y de camino hacia Marrakech, visitamos la Kasbah Ait ben Haddou, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Coronando un peñasco de unos cien metros de altura, la antiquísima fortaleza aparece como un espejismo en el paisaje desértico.
De una belleza singular la Kasbah es un complejo de viviendas unifamiliares independientes –de piedra y barro- agrupadas entre sí para su mejor defensa y protección. Y donde no falta la mezquita y la madraza (escuela coránica), todo rodeado de una alta muralla con dos inmensas puertas, para poder controlar las entradas y salidas de este viejo ksar.
Al mediodía llegamos al final del viaje “guiado” -a Marrakech. Nos despedimos de Alí y el chófer (no recuerdo su nombre) y vamos en busca de un hotel. Encontramos uno muy céntrico, cerca de la famosa Plaza Djemaa el Fna, Hotel Assia.
A media tarde -cuando se dice que empieza la vida en la Plaza Djemaa el Fna- nos acercamos a ella. Es un sitio que hay que verlo, pues apenas se puede describir. Aquí se mezclan malabaristas, contadores de cuentos, encantadores de serpientes, comerciantes… Se mezclan los olores de los diferentes puestos de comida con los sonidos de los músicos o los gritos de los aguadores.
La mejor manera de observar y absorber tanta información, es en lo alto de alguna de las terrazas de los bares que rodean la plaza o en lo alto del minarete de 77 m. de la Mezquita Koutubia, de estilo almohade en piedra rosa, que se divisa desde toda la ciudad. Nos acomodamos en la terraza del Café de France desde donde asistimos al espectáculo que nos ofrece la plaza.
Día 26.- Marrakech es una ciudad, llena de palacios, parques y jardines.
Nos acercamos hasta Gueliz, la ciudad nueva, donde vivió a principios del siglo XX, el pintor francés Jacques Majorelle. El edificio -pintado en azul brillante y amarillo- encierra un bellísimo jardín con plantas, flores y árboles de los cinco continentes.
Ya de vuelta a la Medina -declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1985- buscamos la calle del Suq Attarin, en el barrio de los curtidores. Todas las callejas parecen iguales hasta que damos con ella.
Llegados al lugar, un “guía” nos recibe con un ramillete de menta, que pone en nuestras manos. Es para que vayamos oliendo la hierbabuena, pues en el recinto hay un hedor nauseabundo provocado por los excrementos de paloma y cal viva utilizados para fermentar las pieles. Quince minutos ha durado la visita en la que nos ha explicado los procesos a que someten las pieles.
Regresamos a través del laberinto de callejones de la Medina y nos perdemos por los coloridos zocos, hasta llegar a la muralla, que rodea la ciudad, de la época de los almorávides (año 1132). Quedan en pie 19 kilómetros, doscientas torres y nueve puertas de gran belleza.
Día 27.- Entre los palacios de El Badi y Bahia se encuentra El Mellah -el barrio judío- un entramado de laberínticas callejas: un mundo aparte en Marrakech.
Nunca habíamos visitado una sinagoga, así que buscamos una a la que poder acceder. Nos recibe el rabino que nos hace pasar a la sala de oraciones. Antes de entrar mi compañero ha de ponerse el kippah, que le proporcionan. Durante media hora nos explica aspectos de su religión. Al salir, nos solicita un donativo para mantenimiento de la sinagoga.
Días 28/29/30.- Muy cerca de la estación de tren, en la Avenue Hassan II, se encuentra la estación de autobuses de la compañía Supratours que emplea dos horas en recorrer los 176 kilómetros que separan Marrakech de la blanca Essaouira, en la costa sur.
Ciudad que recomendamos visitar: más tranquila que la bulliciosa Marrakech donde, los comerciantes, dejan deambular tranquilamente a los viajeros y turistas. Y tiene más de 6 Km. de playas donde poder pasear.
En la zona de Skala, junto al puerto, están amarradas las chalupas pintadas de color azul, desde allí se puede ver toda la costa, los islotes rocosos y las murallas con sus cañones que rodean la ciudad. Estos cañones y las almenas de las murallas, los utilizó Orson Welles, en 1950, para rodar su película “Otello”. Una plaza en un recoleto jardín lleva su nombre y una estatua en madera de tuya recuerda la memoria del gran director.
Caminando por la playa, a unos 5 Km. y cruzando el Oued Ksob, está el pueblo bereber de Diabat donde, nos explicaron, había vivido Jimmy Hendrix, en los años 60. Frank Zappa, The Rolling, Leonard Cohen, Cat Stevens y los hippies marihuaneros, también pasearon por sus calles.
Estamos en la playa dándonos un baño, cuando se acerca un hombre montado a camello (se gana la vida paseando a turistas) y nos comunica que a este lado del río merodean ladrones y al estar solos, mejor crucemos a la otra ribera que está vigilada por policías a caballo.
La marea ha subido y no podemos cruzar por la playa. Lo hacemos unos metros más arriba y no sin dificultad: las piedras del lecho se clavan en la planta de los pies.
Sentados sobre un montículo de arena comemos y dejamos pasar las horas contemplando el Océano Atlántico.
Nos sentimos bien en Essaouira. Descubrimos el porqué de su fama. Apenas ruido. La gente anda, pasea, no corre, no grita. No tenemos ninguna sensación de inseguridad tanto de día como de noche. Y la discreción en los zocos por los que nos paseamos sin ser atosigados por los vendedores. Y qué decir de la blancura, que le imprime una belleza especial. Essaouira, todo un descubrimiento.
Día 1 mayo.-Regresados a Marrakech dedicamos el día a las inevitables compras de recuerdos para familiares y amigos.
Sin saber qué comprar, caminamos sin rumbo fijo dejando que las callejas y nuestro instinto nos dirijan a los distintos zocos que, dedicados a oficios específicos, nos abren un abanico de posibilidades: desde joyas de plata a las de cobre o latón, alfombras, toda clase de platos, vasijas, y demás artículos de cerámica, siempre pintados de vivos colores.
Babuchas, instrumentos musicales, teteras de plata, macetas de terracota, lámparas de piel de camello y chilabas completan la lista de los elementos más típicos, a los que cabe añadir las hierbas, los aceites, las especias y los siempre fascinantes bebedizos y pócimas.
Y como despedida de Marrakech, cenamos en el típico restaurante marroquí del hotel Alí para después dar una última vuelta por la plaza Djemaa el Fna.
Día 2.- A la hora convenida -las cuatro y media de la madrugada- el taxi concertado en el hotel nos recoge y lleva al aeropuerto, para regresar a Barcelona.





























2 comentarios:
GRACIES PELS TEUS RELATS, HE RECORDAT EL MARROC, CASI HE POGUT SENTIR LES SEVES OLORS I LA CALIDESA DEL SEU DESERT.
MARXO EN DUES SETMANES CAP A MALI, JA ESTIC IMPACIENT D'IMPREGNAR-ME DE TOT
Hola Anònim...
Bon viatge i bona estada a Malí, d'ón vaig arribar amb la motxila ben carregada d'experiències.
Llàstima que no deus tenir blog per poder anar seguint el teu caminar.
Salutacions!
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