El avión de la compañía Vueling, que nos llevará a Roma, sale a las ocho de la mañana. Tras una hora y media de vuelo, aterrizamos en la Ciudad Eterna.
En el mismo aeropuerto está la estación de trenes que nos lleva hasta Termini, en el corazón de la vieja Roma.
Otra vez viajamos sin el hotel reservado. Los precios, que hemos visto en Internet, nos parecían excesivos y decidimos que una vez allí ya encontraremos alguno.
En los alrededores de Termini hay muchos hoteles, así que decidimos buscar uno en esta zona. Principalmente por Via Cavour y alrededores, que es una zona más segura.
En la Via Principe Amedeo, mi compañero entra en una portería estrechita, en cuya fachada hay un cartel con los nombres de varios hoteles. Se dirige a uno de ellos: Hotel DINA. Nunca mejor situado: a 300 m. de la estación y a otros 300 m. de la Piazza Santa Maria Maggiore. Del hotel hasta los lugares más importantes de la ciudad, sólo hay un “paseo”.
No recuerdo si en alguna otra ocasión he hablado de lo que me impresionan las piedras que tienen historia. Todas me hablan. Tengo la suerte de que me gusta mucho la Historia, en la que soy autodidacta y siempre procuro informarme antes de ir a algún lugar, si no la sé de antemano.
Justo hace tres meses estuvimos en Siria, país en el que los romanos tuvieron unas colonias muy importantes y donde todavía se conservan maravillosos restos, como los de Palmira y ahora estoy en Roma, capital de aquel vasto Imperio, viendo los orígenes de los orígenes.
Iniciamos nuestro segundo día en Roma yendo a la estación Termini donde hay paradas de diferentes autobuses urbanos. Hemos cogido el número 64, que nos lleva a la Ciudad del Vaticano, estado independiente desde 1929, edificada en el lugar en que san Pedro sufrió martirio y fue sepultado.
La gran cúpula se encuentra justo sobre el altar mayor y la tumba del Apóstol san Pedro. Subimos a lo alto, pero para ello se ha de salir al exterior y una pequeña puerta nos conduce a un ascensor que sube unos tres pisos y el resto, 332 escalones, a pie. Desde lo alto se contempla la Plaza San Pedro, que señala la frontera con el Estado italiano, donde caben unas 300.000 personas y en la parte opuesta hay unos cuidados jardines con diversas edificaciones.
Volviendo a la Basílica y casi antes de salir, allí está, en una capilla adyacente, La Piedad. No sé si debería escribirlo todo en mayúsculas: LA PIEDAD, única obra de Miguel Ángel, firmada por él y que esculpió, cuando sólo tenía 24 años de edad, en un único bloque de mármol. Sin palabras.
A la salida pregunto, con mi macarrónico italiano, a un guarda dónde está la Capilla Sixtina y me dice, en un clarísimo español (me sonrojo!!), que está en los Museos Vaticanos a unos 2 Km. de allí. Pues a caminar se ha dicho.
Sabía que habían estado restaurando, durante veinte años, las pinturas y que habían restituido el brillo de sus colores originales. La mayoría de los personajes que ahora aparecen desnudos, en algún momento de la historia, fueron tapados con una pincelada, simulando un ropaje. En el momento de la restauración se vio que aquello era posterior y se dejó tal como sus autores lo habían pintado. Para mí, la representación más bella es el Juicio Final de Miguel Ángel, con sus casi 400 figuras. Además de Miguel Ángel, hay frescos de Botticelli, Perugino y otros. Realmente, por poco que te guste la pintura, en estas obras ves la magnificencia del pintor y la belleza de colores y formas.
Comemos fuera de la ruta turística y por la tarde nos llegamos a la Piazza Navona, de forma ovalada con tres fuentes, diferentes, en la parte central y, alrededor hay cafeterías y heladerías. Allí me he tomado un café helado inmejorable (y carísimo).
La forma de la plaza es debido a la estructura del estadio de Domiciano, del siglo I d.C., destinado a las competiciones deportivas.
La plaza adquirió su fisonomía actual en la época barroca, con la fuente de los Cuatro Ríos, obra de Bernini. Los gigantes de la fuente, en la parte central de la plaza, inaugurada en 1651, representan los cuatro ríos conocidos en la época como los más grandes de cada continente: el río de la Plata, el Danubio, el Ganges y el Nilo.
Seguimos hacia la Piazza d’ Spagna donde, en un bonito edificio, está la Embajada de España ante la Santa Sede. En la plaza hay una gran escalinata que comunica con la iglesia Trinità dei Monti.
La escenas de la película, dirigida por William Wyler en 1953, "Vacaciones en Roma" en la que Gregory Peck y Audrey Hepburn bajan la escalinata, le han dado a la plaza fama mundial.
Desde la plaza nacen, en disposición radial, una serie de calles donde se encuentran las más prestigiosas e internacionales tiendas de moda. Entre ellas encontramos la Via Condotti, dicen que una de las más elegantes del mundo. Da gusto ver los escaparates, pero no es mi estilo en vestir, así que no me preocupa no tener dinero como para pagar un bolso.
Y a última hora de la tarde estamos frente la famosa Fontana di Trevi. No sé si es famosa a raíz de la película "La Dolce Vita" protagonizada por Marcello Mastroiani y Anita Ekberg.
Ninguna de las calles que conducen a ella, nos indica lo que vamos a encontrar en una pequeña placita: una espectacular fuente, proyectada en el siglo XVIII y realizada en un tiempo de treinta años, que es una exaltación del agua como símbolo de vida y bienestar. Personalmente me he quedado sorprendida por las pequeñas dimensiones de la placita, pues había visto imágenes de la Fontana y parecía que el espacio total tendría que ser mucho mayor.
El sofocante calor nos ha acompañado todo el día, suerte que hemos podido refrescarnos en las fuentes que hay por doquier, con agua fresquísima y potable.
Nuestro tercer día en Roma. Tenemos previsto una jornada de mucho caminar como ayer, así que tras un buen desayuno nos dirigimos, en una mañana muy calurosa, al Colosseo, auténtica maravilla arquitectónica de la antigüedad y símbolo de la Ciudad Eterna en el mundo entero. El Anfiteatro de Flavio (o Coliseo) es el más espectacular edificio construido en época romana para albergar las tristemente famosas luchas de gladiadores, fieras, cristianos y convictos. Tardaron 8 años en su construcción (72-80 d.C.) por la dinastía Flavia sobre el terreno ocupado por el lago artificial de la Domus Aurea, para Nerón, tras el incendio de Roma en el 64 d.C.
Hemos estado 35 minutos de cola para entrar. Pagamos la correspondiente entrada y nos adentramos por los diferentes pasillos y estancias que hay en la parte inferior del Anfiteatro, donde se situaban las jaulas de los animales y las instalaciones donde aguardaban los convictos y los gladiadores. Hemos ido subiendo las escaleras, que nos llevan a los diferentes pisos donde se colocaba el público asistente, hasta la parte superior. Desde allí se puede contemplar todo lo que se conserva del anfiteatro y hacerte una idea de cómo había sido en los tiempos de mayor utilización. Mi compañero, por fin, ha podido ver in situ los escenarios de las apasionantes películas que veía en su juventud: las de romanos y gladiadores.
En la Edad Media, el Coliseo fue transformado en fortaleza y utilizado, sucesivamente, como almacén de materiales para la construcción.
No sé cuánto hemos estado en el interior del Anfiteatro, pero creo que no menos de dos horas. Hemos visitado todos los rincones habidos y por haber.
Es necesario recorrer a la imaginación para percibir el aspecto que tuvo, totalmente lleno de construcciones y personas procedentes de todas partes de Imperio Romano que, como hacemos actualmente, venían a visitar el símbolo que había hecho posible, en relativamente poco tiempo, que un antiguo pueblo de pastores dominara el mundo. La Vía Sacra atravesaba la zona, por ella pasaban las procesiones religiosas y se efectuaban las paradas triunfales.
Salimos de esa zona y nos dirigimos al barrio de Trastevere, situado en la otra orilla del río Tevere (Tíber). Paseamos casi toda la tarde, contemplando las coloridas callejuelas y plazas, que todavía conservan su carácter auténticamente romano y que nos ofrecen un agradable contraste con el solemne esplendor de todo lo visto en la mañana y en los días anteriores. Fue el primer barrio emplazado en la orilla derecha del río; en él vivieron artesanos, pescadores, comerciantes, así como la comunidad de extranjeros dedicados a actividades portuarias. También era conocido por sus espléndidas villas, la más importante de las cuales era la de Julio César, donde parece que se hospedó Cleopatra. En su testamento, Julio César, las dejó al pueblo romano.
Al caer la tarde, volviendo ya hacia la zona del hotel, pasamos por la Piazza di Campidoglio, considerada una de las más elegantes de Europa y diseñada por Miguel Ángel. Desde esta plaza se accede a los Museos Capitolinos, donde está la más antigua colección pública del mundo. Cuando llegamos a la plaza vemos que habían colocado unas sillas frente a un escenario y nos quedamos un poco a curiosear. Total, estaba programado un festival de canciones y danzas de diferentes regiones de Italia, así que aprovechamos para sentarnos, descansar y ver el espectáculo.
Hoy, con mucho pesar, tenemos que decir "Arrivederci Roma".
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1 comentario:
Darse un paseo por Roma es una cosa que deberíamos hacer una vez en la vida por lo menos.
Roma es una ciudad que a lo largo de su historia ha legado a humanidad una gran cantidad de conocimientos. Sin duda uno icono de nuestra civilización.
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