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Día 22.- A las diez de la mañana salimos de Arica en un autobús que nos lleva a La Paz (Bolivia). Nos aconsejan que durante el trayecto no comamos mucho ni tomemos lácteos, pues puede ser que suframos de sorochi o mal de altura, y con la comida puede acentuarse el malestar.
En medio de la nada una barraca de madera, y tres desarreglados y poco marciales funcionarios militares bolivianos, efectúan el control de pasaportes.
Estamos a 4.500 metros de altura, y como nos sentimos bien, damos cuenta del bocadillo que nos ha obsequiado la compañía de autobuses.
Proseguimos el viaje hasta que llegamos a El Alto: un pueblo cercano a La Paz situado sobre una de las colinas que la rodean y en el que se ubica el aeropuerto internacional y, como su nombre indica, a una altura considerable: 4.061 metros.
Desde esa posición tan privilegiada se abre ante nosotros una extraordinaria panorámica de la capital de Bolivia: una amalgama de casas color tierra trepando caóticamente la ladera de la montaña, sin planificación alguna.
No tardamos en enfilar la estrecha y sinuosa carretera que baja hasta La Paz, llegando a las seis de la tarde a la bonita estación de autobuses de la capital.
Esta ciudad es el centro comercial, financiero e industrial de Bolivia y, actualmente, la sede de Gobierno, no así del económico ni judicial que se hallan en Santa Cruz y Sucre respectivamente. Es la capital más alta del mundo, situada a 3.649 m. sobre el nivel del mar, a los pies del nevado Illimani, en pleno altiplano.
No me encuentro nada bien. Sin salir de la estación de autobuses, me quedo en un rincón y mi compañero va a la farmacia que hay en la misma estación a comprar: “Sorochipill”, y lo tomo con un mate de coca. Espero que pronto me pasen estos malestares que tengo: hormigueo en los dedos de las manos por la falta de oxígeno en el cerebro, taquicardia, flojera en las piernas. Es extraño que no notara nada en la frontera a 4.500 y ahora, que estamos más bajos, me siento muy mal.
En media hora encuentro mejoría y, en taxi, vamos al hotel que tenemos reservado.
Parece que no hicieron la reserva, así que después de un gran enfado de mi compañero, vamos hasta el recién estrenado Hotel Diamante, de cuatro estrellas y muy cerca de la Plaza San Francisco.
Día 23.- Me despierto con un fuerte dolor de cabeza y mi compañero con fiebre, suponemos que del sol de Arica y de la altura de La Paz. Nos medicamos en el desayuno y salimos a la calle.
Menudo caos de coches, autobuses, peatones, vendedores ambulantes… Todos hablando al unísono y los vehículos pidiendo paso con el claxon. Se nos han despertado los cinco sentidos de golpe.
Bajando la calle Sagarnaga llegamos a la Plaza de San Francisco, con la hermosa Iglesia y Convento dedicados a este santo.
Su construcción data del año 1549. El templo y el convento fueron construidos con piedra labrada. A principios del siglo XVIII un temporal destruyó el templo que fue reconstruido unos años más tarde. La fachada y el interior de la Iglesia son de estilo barroco. Su retablo es famoso por la fina trama de su talla, tratado en pan de oro. La iglesia también cuenta con una pinacoteca que presenta una valiosa colección de obras artísticas: renacentistas, barrocas, mestizas, neoclásicas.
Qué bonito el colorido de los vestidos de las mujeres! Y el olor de los pastelitos, tartas y otros manjares… O la diferente clase de zumos y demás brebajes que ofrecen cualquiera de los muchos carritos de bebidas apostados por la plaza.
Entramos en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz, que fue construida en 1831. Es de estilo neoclásico y está ubicada en la Plaza Murillo, como también el Palacio Presidencial.
Más allá de las bellezas arquitectónicas o artísticas, La Paz sobresale -independientemente del barrio en que nos encontremos- por la vitalidad y la ajetreada vida de los mercados y la excelente conservación de su cultura indígena, lo cual se puede observar en cualquiera de sus rincones.
Día 24.- Domingo. Hemos vuelto a las calles para sentir las sensaciones de ayer, pero se nota que es festivo: las tiendas están cerradas y no hay tanto vehículo transitando, pero siguen los puestecitos en las calles.
Llegamos a la Calle de Las Brujas, donde está el Mercado de la Hechicería. Aquí venden ingredientes supuestamente mágicos, hierbas y semillas, teóricos remedios para todos los males, fetos disecados de animales: llamas, pájaros…
Día 25.- Salimos de buena mañana en bus hacia Copacabana población costera al Lago Titicaca.
Hemos de cruzar el Estrecho de Tiquina, uno de los parajes más bellos del lago. En cada una de las orillas del estrecho se extienden los poblados de San Pedro de Tiquina y San Pablo de Tiquina, y para trasladarse de una a otra es necesario subir –los pasajeros- a una barca y los vehículos a un transbordador, que cruza las aguas del Lago Titicaca.
Por fin llegamos a Copacabana, después de un ajetreado viaje en el que se ha pinchado una rueda y ha caído parte del equipaje que llevaba la baca del bus. Total, de 4 horas de viaje hemos estado casi 8 horas.
Nos hemos metido en el primer hostal que encontramos libre, pues mi compañero ha empezado a sentir los efectos de la altura. O sea que ha tenido que tomarse el medicamento que compró en La Paz para mí, acompañado de una buena taza de mate de coca.
A media tarde se ha encontrado mucho mejor y no hemos podido resistir la tentación de ver una bellísima puesta de sol, en la línea del horizonte del lago Titicaca.
Día 26.- Estamos situados a 3.814 m. sobre el nivel del mar. Con mucha fatiga nos levantamos temprano para embarcar, a las ocho y media y recorrer el Lago Titicaca, que impacta por la inmensidad y belleza de sus claras aguas color azul.
Hacia las diez y media llegamos a la Isla del Sol y empezamos un trekking, que no he podido acabar por sentir mucho los efectos del sorochi.
Después he sabido por mi compañero que, los que han llegado a lo alto de la isla, después de una hora de subida, han visto “la piedra del sacrificio”, donde en tiempo de los Incas sacrificaban, para los dioses, a una doncella púber de la Isla de la Luna.
Hacia las dos de la tarde volvemos a embarcar y navegamos hasta la Isla de la Luna, donde hemos matado el tiempo paseando por la playa.
Al regreso a Copacabana visitamos el Santuario de la Virgen Morena, donde se rinde culto a la Virgen de Copacabana, una imagen de madera tallada en 1592, por un descendiente de los incas.
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